MARIO ANSÍA SETENTA Y DOS HORAS DE LIBERTAD QUE RECUPEREN DIECISIETE AÑOS DE ENCIERRO

Por: Milena Guzmán Meneses

Una mujer delgada y de manos pequeñas termina de empacar comida y productos de aseo. Sale al portón de su casa. Su mamá le echa la bendición;  mientras ella con la mano le indica al taxista que espere.

Buenos días señor,  por favor me lleva  a Bellavista.  Leidy Johana Estrada hace más de siete años visita a Mario, su novio.  “Yo tenía 14 años, edad en la que conocí a mí pareja. Llevábamos cinco meses, cuando la policía lo sacó de una casa en  Andalucía la Francia. Lo acusaban de haber matado minutos antes a un hombre y en medio del tiroteo murió una mujer”.

“Mi mamá al principio no le gustaba que yo viniera por acá, ella se fue acostumbrando. Yo era menor de edad y no me dejaban ingresar sin la autorización de mis padres. Para conseguir esa aprobación debía presentar la cédula  de  mi madre. Ella no iba aceptar esa condición; entonces un día la cogí sin permiso, hice pasar a una señora por ella y así fue como empecé a entrar”.  Explica Leidy, mientras saca de su billetera un billete de diez mil para pagar el taxi.

Leidy recibe la devuelta del taxista, le dice que gracias y que lo espera a las cinco de la tarde. “Llegue temprano,” subraya. Son las cuatro y media de la mañana, el frio congela el cuerpo de la mujer. La fila es larga y todavía faltan dos horas para que le hagan entrega del ficho que le permitirá tener un pie adentro del penal. “Aquí todo es negocio; si usted llega tarde y tiene plata puede comprar el puesto. Lo malo es que vale cincuenta mil pesos y no hay bolsillo que aguante.”

 Mario tiene treinta y cuatro años. Es alto y fornido. De piel blanca y pálida, su mirada no es fija en algo: “dice que se debe mantener atento a cualquier movimiento raro”.  Gusta de tomar cerveza combinada con aguardiente  y de las mujeres con cabello largo. Desde los 17 años ha estado en la cárcel. “Se puede decir que este es mi segundo hogar”, señala.  Su padre murió cuando tenía dos años, su madre no volvió a visitarlo.

El día en que Mario asesino a un hombre y una mujer en medio del tiroteo murió 

“Ese día me levanté pensando en lo que me había dicho Fernando, un pelado del popular: Mario, su cabeza vale ocho millones, a mí me los ofrecieron, póngase avispa”.

“Un amigo que tenía un negocio conmigo por no darme la parte del dinero que me correspondía estaba pagando para que me hicieran la vuelta. Yo me desesperé no supe que hacer. Lo primero que hice fue ir a buscar mí revolver y montarle casería a ese traidor.  Juan, ese era su nombre.”.

Mario no llevaba un año fuera de Bellavista. La primera condena fue de doce años y estaba a punto de cometer otro homicidio. “En ese momento yo pensaba en Leidy, ese man era capaz de hacerle algo a ella y eso yo no me lo iba a perdonar. Entonces decidí que era la vida de él o la  existencia mía y la de mi familia”.

Cuatro de la tarde, cielo soleado en Andalucía la Francia. Mario espera impaciente a Juan desde las ocho de la mañana. Viste camiseta negra, gorra blanca y jean. En la pretina del pantalón esconde su pistola calibre 45. Juan llega a su barrio, no sospecha que alguien lo espera y mucho menos que le quedan pocos minutos de vida.

Juan  distingue a Mario de lejos. Mirian una vecina del barrio nota que Juan corre como si hubiese visto el diablo. “Tenía el pecado, por eso cuando me vio metió pique. Saqué la pistola y salí detrás disparándole. Él se metió por una cañada allá lo tumbe de un tiro en el hombro. Apenas se cayó pedía auxilio a otros compañeros que presenciaron el hecho; ninguno se metió”. Ya con Juan en el piso herido, Mario culminó lo que había empezado. Tres tiros en la cabeza terminaron con la vida del “traidor”.

Pero el cuerpo de Juan no sería el único que dejaría de respirar ese día.  Después del homicidio la policía llegó al barrio. Mario aún seguía cerca de lugar de los hechos. Tuvo que enfrentarse durante quince minutos con la policía. Estos últimos lo hirieron en un pie. En medio del enfrentamiento y las balas  una mujer corre desesperada en busca de sus hijos, teme por sus vidas. Un disparo en el estómago acaba con la vida de Marleny Escudero y deja sin madre a tres niños de diez, ocho y tres años. Aún no se esclarece cuál de los dos actores disparo el proyectil.

“Me escondí en la casa de una señora que tenía la puerta abierta. En esa vivienda había una pareja de novios que me suplicaban llorando que me entregará. Me quite la ropa y me acosté en una de las camas a dormir. Como estaba herido en un pie la sangre me delató. A esa casa llegó la policía y gritó: Lo tenemos rodeado. Salga o entramos a la fuerza por usted, no respondemos por la vida de nadie en el intento”.

Doña Estela la dueña de la casa donde encontraron a Mario recuerda que esa tarde el muchacho estaba pálido y muy asustado. Cuando llegó la policía por él, la pareja de novios se escondió bajo la mesa del comedor  a llorar. “Me dio pesar de la gente que había en la vivienda y por eso grité: no disparen que esta gente no tiene nada que ver. Me entregué, me dieron una pela ni la verraca”.

Leidy siguen en la fila

Al mes Leidy fue por primera vez a Bellavista. “Cuando fui a verlo el ambiente me pareció muy duro, tanto que creí que estaba soñando. Los presos durmiendo en los pasillos, las energías que se perciben en el ambiente recuerdan que estás en medio de violadores, asesinos siempre… Ah y esta fila tan dura que toca hacer para ingresar”.

La fila no se mueve; es más, la mayoría de mujeres sacaron cobija y medias, se tiraron al suelo a echarse un sueño. Mientras, la vida pasa, empieza a viajar de la mano de un hombre tinto a quinientos, perico a ochocientos y empanadas a mil doscientos.  Leidy me invita a acostarme al lado suyo, acepto.  Su cabello huele a vainilla; pude ver esperanza en sus ojos.

El sueño es interrumpido por un pito. Las mujeres se ponen de pie; son las seis y media, la fila se mueve. Es el turno de Leidy. ingresa con cédula en mano a “el gallinero”. Así le  dice la mayoría de las esposas a este tramo. Es muy larga la fila, las mujeres parecen en una jaula sin salida y hace un calor sofocante.

Termina  el proceso de identificación y sigue el registro de los perros. Los animales  son los encargados de olfatear el cuerpo de los visitantes. “Esos perros se me pegaron una vez y no me dejaron pasar, los guardias creyeron que tenía droga”. Luego sigue la requisa de las guardianas. “Le tocan a uno hasta la risa”.  Leidy termina el recorrido; dice que siente un respiro.

Leidy sube la rampla para llegar a “la sexta”. Allí debe esperar hasta las ocho para ver a Mario. El reloj indica la hora de encuentro; Leidy camina a paso largo, llega al patio número cinco, nadie recibe a la mujer. “Mario no me espera porque tiene muchos enemigos y le da miedo que sepan que soy la compañera de él”.   Mario ha estado en la cárcel diecisiete años y confía en que le den las setenta y dos horas en cinco meses, lo que más ansía es la libertad. 

CRÓNICA DE UN MALABARISTA

Por: Rogger Medina

Las siete de la mañana y Andrés ya esta en un semáforo cerca a la estación Niquía. Con su mochila de color café, que siempre lo ha acompañado en sus trabajos, está junto al poste de energía donde ubica sus instrumentos. Allí él se va preparando.

Hace unos ejercicios de estiramiento, se pone su nariz de payaso, se mentaliza y recoge sus juguetes; pues para David esto más que un trabajo es un juego. En poco menos de 50 segundos debe convencer a los conductores de que su acto es bueno y que pueden retribuirle económicamente por este.

Con una sonrisa, su nariz roja y un grito amigable diciendo, "¡buenos días!" inicia su acto con sus cuatro clavas y una pelota en la cabeza, dos al aire, tres al aire, cuatro. Él ya esta más que mentalizado, sus juguetes, como los llama, pasan por encima de Andrés, por su espalda, por un lado; muestra una gran técnica mientras se mueve frágilmente con aquella esfera circular en su cabeza.

Avanza unos metros y uno a uno va dejando sus clavas en su mano, una que otra las deja junto al poste; para poder ir rápidamente hacía los coches por sus pesos. Al parecer este fue un buen semáforo, alrededor de dos mil pesos. Él se muestra complacido.

Deja sus monedas en su bolso y continua jugando en el semáforo. La meta del día son hacerse entre veinte y treinta mil pesos; pues él vive solo y tiene cosas que pagar.

Pero eso no está en la mente de Andrés mientras juega. Parece que solo viviera en ese momento por entretener a unos desconocidos, que sonrían y olviden aquella autopista donde solo escuchaban los gritos y los pitos de los automóviles.

Va una hora y él ya parece muy cansado; no ha descansado nada y solo ha tomado un poco de agua. Los rayos del sol le pegan directo en su cara, su camisa desgarrada y sus mochos no lo protege mucho de la luz solar.

Aún así, sigue en su acto. Al parecer su mejor movimiento es tener tres clavas en el aires una en el mentón y la pelota casi en su nariz. No lo hace muy seguido; pero cuando lo hace todos lo miran más, hasta los transeúntes lo felicitan y le aportan económicamente.

Dos horas y media han pasado desde que llegó al semáforo. Ya tiene lo del día y con su último acto, una sonrisa y un grito; se despide de ese lugar, empaca sus cosas, toma su bicicleta y como si estuviera en una carrera avanza rápido por la ciudad de Bello.

Él tiene un trabajo vendiendo ropa. Debe cumplir horario. Allí trabaja de doce del medio día hasta las seis de la tarde. El tiempo para Andrés avanza muy lento en la mayor de las ocasiones.

Al terminar el turno, me encuentro con él, cerca a una cancha donde  hay un espacio verde. Allí el entrena, pues dice que sus actos cada vez deben mejorar.

En el ocaso inicia su entrenamiento. Intenta con seis clavas pero no le va tan bie. Dice que todo será con un poco de tiempo, sus manos son fidedignos testigos de esto, callos y ampollas están regados por toda su palma.

 Después de otras dos horas, él dice que su día terminó. Pude conseguir mi alimento y parte de mi arriendo; mañana será otro nuevo día en el que desestresaré y alegraré a desconocidos con mi show y mi nariz de payaso.

                                             

MEMORIA DE UN FALSO POSITIVO

Por: María Alejandra Valencia García

Imagen tomada de blogargexpress.blogspot.com

 

En medio de paredes blancas y muros de colores que alegran el alma, fotografías y cartas que arrugan el corazón; maquetas que reflejan sus recuerdos y sillas alrededor para quienes quieran sentarse a recordar y leer con ellas, estaba ella: robusta, bustona, de 1.55m de estatura, de piel limpia, y sin una gota de maquillaje, de zapaticos grises, jeans y una camisa naranja que me indicaba que trabajaba en el Museo Casa de la Memoria.

Linda Morales* o como la llaman sus compañeros de trabajo “Morbolinda” es una mujer de 50 años, que durante gran parte de su vida ha guerreado y luchado por ella y sus cuatro hijos. Orgullosa, muy expresiva y con un brillo en sus ojos que cautiva cuando habla de sus hijos, en especial de Andrés Felipe.

En la mañana del 15 de mayo del año 2007, su hijo Andrés, se levantó a las ocho de la mañana como solía hacerlo normalmente, se sentó dispuesto a desayunar, pero su padrastro Antonio Corrales* no lo dejó hasta que se bañara como es costumbre en la casa de Linda. “Mi esposo es muy cansón, ni siquiera a mí me deja desayunar sin bañarme”. Andrés se bañó y se colocó una camiseta azul por la cual su madre lo recuerda, y antes de salir a buscar el tan anhelado trabajo, después de meses de desempleo, en el centro de Medellín, su madre lo despidió con el “Dios lo bendiga mijo” de todos los días.

Andrés salió de la casa, entusiasmado por trabajar pero no obtuvo el trabajo y nunca más volvió a casa. Tenía 19 años, era de tez blanca, delgado, de cejas tupidas y atractivo; era muy buen hijo, atento, generoso, inclusive siempre compartía su sueldo con su mamá, aunque fueran 5.000 pesos. Era un joven alegre y feliz, aún más sí estaba en su casa con su familia tomando un poco y escuchando su ranchera favorita: “El Perrazo”

Después de esa mañana, pasaron varias semanas y se sumaron ocho meses, en los cuales Linda no había denunciado aún la desaparición de su hijo. En los primeros días estuvo tranquila al pensar que su hijo estaba en el centro de Medellín vendiendo vicio, aunque era muy extraño que no la llamara como en ocasiones pasadas para que le llevara el almuerzo. Al pasar el tiempo, comenzó a desesperarse y peor aún con los “chismes” y versiones de personas del barrio donde vive Linda, sobre el paradero de su hijo: “Me dijeron que se había ido con un circo para un pueblo”. La incertidumbre fue creciendo y su hijo aún no aparecía ni daba señal de vida, cuando por fin decidió denunciar la desaparición no obtuvo resultados, hasta que se cumplieron los tres años de su partida, cuando la juez del caso la llamó para confirmarle que habían encontrado a su hijo en Segovia y que había muerto el 17 de marzo del 2007, dos días después de su desaparición, aparentemente en un enfrentamiento militar. 

Unos días antes, Linda había encomendado a su hijo en oración, en la iglesia San Miguel Arcángel del barrio Villahermosa, casualmente un día miércoles, día en que ella siempre visitaba el lugar, recibió la noticia de que su hijo había aparecido. El mismo día en medio de esa llamada, tuvo una mezcla de emociones y sintió una inmensa tristeza que aún empaña sus ojos.

Desesperada por ir en busca de su hijo, comenzó a recurrir a sus amigos para recolectar un “dinero” con el fin de viajar a Segovia por las pruebas y el cuerpo de su hijo, que fue enterrado como NN el 18 de marzo del año de su muerte. Recolectó 300.000 pesos y viajó en compañía de su esposo, para poder tener a su hijo de nuevo junto a ella. Falsos Positivos.

Andrés Felipe fue engañado con esperanzas de trabajo y capturado ilegalmente por miembros del Ejército de Colombia, quienes con tres disparos en el pecho, derrumbaron los sueños y felicidad de su madre, luego lo dejaron en la calle, en bóxer y con diferentes armas para hacerlo pasar como un guerrillero que murió en combate contra el ejército como muchas víctimas de la época.

“En el amanecer del 17 de marzo en medio de la Operación Prócer: Misión Táctica el Ángel, había poca visibilidad por el clima alrededor del área donde acampaban los cuatro militares implicados en la muerte de Andrés, según los soldados, comenzaron a ser atacados y sin poder observar bien los agresores comenzaron a disparar y de repente huyeron los “bandidos” y solo murió uno de ellos: Andrés”, relataban los militares en el Informe de la Fiscalía.

Al término del tiempo del enfrentamiento ,que fue de cinco a diez minutos según fuentes militares, donde dispararon continuamente y murió el “bandido”, los soldados trasladaron el cuerpo de Andrés a Segovia donde fue encontrado en la calle. Linda Morales, una mujer humilde, y vulnerable por la muerte de su hijo al que esperaba de nuevo en su casa, comenzó y terminó sola el proceso de Andrés, logrando llevar los “huesitos” de su hijo, como dice ella, al cementerio San Pedro en la ciudad de Medellín, más cerca de ella y sus tres hermanos.

Con firme conocimiento de su hijo, y con la perseverancia que la caracteriza, logró demostrar en compañía de la juez encargada y la Fiscalía que su hijo hacía parte de un falso positivo, al igual que miles de inocentes que fueron ilusionados o sacados de sus casas para morir como supuestos guerrilleros en combates y enfrentamientos que nunca existieron, planeados y ejecutados por las fuerzas militares colombianas.

Hoy, siete años después de la desaparición y muerte de su hijo, ha logrado re-hacer su vida en compañía de su familia y la nueva oportunidad que le dio la vida en el Museo Casa de la Memoria, a su vez la oportunidad que han tenido todas las personas que la conocen y tienen el placer de hablar con ella, de disfrutar del ángel que representa, no solo por la historia que hay detrás de la guía, la madre, la esposa, la hija y la mujer alegre y cautivadora sino por la forma en que su sonrisa renombra los significados de dolor y memoria.

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